Artículo: ¿Cómo Dios unió nuestros corazones por 25 Años?

Lee esta historia de amor

marzo 18, 2026

Queridos hermanos, les comparto con gozo la historia de nuestro matrimonio, un testimonio vivo del amor ágape que Dios teje en lo cotidiano. Soy Luis, y mi esposa María y yo llevamos 25 años casados en la fe del séptimo día.

Todo comenzó en un sábado soleado en nuestra iglesia de México, cuando nuestras miradas se cruzaron durante la Escuela Sabática. Fue un llamado divino: Génesis 2:24 nos susurraba que seríamos “una sola carne”. Hoy, miro atrás y veo cómo el amor de Dios —puro e incondicional, como dice 1 Juan 4:8— ha florecido en nuestra vida.

El encuentro que cambió todo

Éramos jóvenes en la fe. Yo lideraba el grupo juvenil; María enseñaba a los niños. Nuestros primeros paseos fueron sabáticos, caminando por el parque con Biblias en mano, orando por un futuro de servicio. “Dios unió nuestros corazones en oración”, me confesó María años después.

Siguiendo el consejo de Ellen G. White en Consejos para los Jóvenes —“La corte debe ser corta, o no emprenderse”—, nos comprometimos rápido, pues sabíamos que Dios tenía el control de nuestras vidas.

Construyendo un hogar de paz y amor diario

El día de nuestra boda fue sencillo, rodeados de hermanos en la fe, familiares y amigos. Posteriormente, Dios nos bendijo con hijos. Efesios 5:25 se grabó en mi corazón: “Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la iglesia”. Aprendí a servirla con mansedumbre, lavando platos sin quejarme y orando juntos al amanecer. María respondía con sonrisas y estudio bíblico vespertino.

Nuestros hábitos eran simples, pero poderosos: hablar de sueños, perdón rápido en desacuerdos menores y mucha comunicación; el amor “todo lo soporta”, como dice 1 Corintios 13:7. Ellen G. White lo capturó perfecto: “El amor desinteresado es el más elevado principio de la ley” (El Deseado de Todas las Gentes). Así, nuestro matrimonio no solo sobrevivió, sino que floreció en una alegría tranquila.

Familia tejida con hilos eternos

Con tres hijos, nuestro hogar se llenó de risas, pan casero horneado juntos y Escuela Sabática familiar. Juan 17:21 se hacía real: “Para que todos sean uno”. Los niños memorizaban versos mientras cocinábamos y veían el ágape en acción al ver mi mano sosteniendo la de María en oración. Hoy, ellos sirven en la iglesia; son los frutos de esta siembra. Dios nos preparó para su pronto regreso, uniendo generaciones en fe.

Compartiendo la bendición en la iglesia

No guardamos este tesoro para nosotros. En seminarios matrimoniales contamos nuestra historia y organizamos pláticas de comunicación bíblica donde las parejas nos escuchan. Nuestro matrimonio es un testigo vivo: sirve en equipo, perdona como Cristo y mira al cielo.

Mi oración para ti

Hermanos, 25 años después, María y yo celebramos con gratitud. Si lees esto, ten por seguro que Dios puede hacer lo mismo en tu vida. Te invito a este desafío sencillo: Esta semana, ora cinco minutos diarios con tu pareja y escribe una nota de amor ágape.

Jesús nos manda: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Juan 13:34). Vive este amor y prepárate para su venida.

¡Bendiciones en Cristo!