Lo primero que haces al levantarte tiene influencia porque marca el tono emocional, mental y espiritual de todo tu día. Aquello con lo que inicias el día suele influir en cómo piensas, cómo reaccionas y cómo caminas a lo largo de la jornada. En el plano emocional, lo primero que atiendes suele convertirse en tu prioridad principal. Si al despertar tu mente se llena de prisa, preocupaciones o estímulos externos, es más fácil que el día avance con ansiedad. En cambio, comenzar con un momento de quietud, como la oración, ayuda a establecer paz interior y dominio propio.
“Hablar con Dios primero” implica reconocer que la sabiduría, la dirección y la fuerza no provienen únicamente del esfuerzo humano, sino de una relación viva con Él. El “poder” no está solo en las palabras pronunciadas, sino en lo que sucede interiormente cuando una persona se somete a la voluntad de Dios desde el inicio de su día.
Hablar con Dios al comenzar el día es un acto de fe que ordena el corazón y prepara el espíritu para todo lo que vendrá. La Biblia nos muestra que la oración temprana no es solo una disciplina espiritual, sino una fuente de dirección y fortaleza. David ansiaba que llegara la mañana para poder presentarse delante de Dios y así lo describe en varias ocasiones. “Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré” (Salmo 5:3). Orar al amanecer es reconocer que dependemos de Dios antes de depender de nuestras propias fuerzas. Y es que todo afán es disipado cuando le damos a Dios el primer lugar. No lo digo yo, lo dice el mismísimo hijo de Dios en Mateo 6:33. Un versículo muy conocido ¿cierto?
En la actualidad hay diversas distracciones que compiten por ese primer lugar. Revisar el celular, por ejemplo, se ha convertido en un hábito de no pocos. Después de leer mensajes y noticias locales y mundiales en nuestras redes sociales, nuestra mente se ha llenado de preocupaciones antes de haber hablado con Dios, quien debe conformarse (porque así le dejamos sentir) con un segundo lugar en nuestras mañanas.
No obstante, hablar con el Padre celestial siempre debiera ser lo primero. Jesús mismo nos dejó este ejemplo. El evangelio relata que “levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35). Si el Hijo de Dios buscaba al Padre antes de enfrentar las multitudes y las demandas del día, cuánto más necesitamos nosotros comenzar cada jornada en comunión con Él. Dejarnos cargar en sus brazos antes de iniciar las labores del día, nos abre la puerta hacia un descanso anticipado; hacia un camino de gratitud que nos hace enfrentar las adversidades con la mejor actitud.
La oración matutina nos ayuda a entregar nuestras preocupaciones, decisiones y planes en las manos de Dios. Al hablar con Él primero, permitimos que su voluntad guíe nuestros pensamientos y acciones. “Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados” (Proverbios 16:3). De esta manera, el día no comienza con prisa o ansiedad, sino con paz y confianza.
Orar temprano también afina nuestra sensibilidad espiritual. Al aquietar el alma en las primeras horas, aprendemos a escuchar la voz de Dios y a caminar con mayor discernimiento. Hablar con Dios primero transforma la rutina diaria en un camino guiado por su presencia, recordándonos que cada día es una oportunidad para depender de Él y glorificar su nombre.
Hagamos un hábito el hablar con Dios primero y experimentemos su fidelidad en un corazón que le da en cada amanecer el primer lugar.
Autor: Sayli Guardado de Romay